3 poemas para recordar a Gabriela Mistral

Su primer gran éxito literario fuera del ámbito regional ocurrió el 12 de diciembre de 1914, cuando obtuvo la más alta distinción en los Juegos Florales de Santiago por sus "Sonetos de la Muerte".

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Gabriela Mistral
Foto: @cultura_mx / Twitter

Lucila Godoy Alcayaga, mejor conocida como Gabriela Mistral, nació un 7 de abril de 1889 en Vicuña, Chile. Hija de Jerónimo Godoy Villanueva, profesor de educación primaria y aficionado a tocar la guitarra, escribir poesía y que posteriormente, abandonaría a su esposa, Petronila Alcayaga Rojas. Tras esto, la madre de Lucila volvería a casarse y de esa relación llegaría su hermana Emelina Molina Alcayaga.

Desde que era pequeña sintió una gran atracción por la Biblia, siendo el libro que más marcaría su infancia y que muchos de sus poemas tomarían algunos textos de ésta como referencia.

Antes de presentar su examen en la Escuela Normal de Santiago, y después de haber recibido su título como profesora de castellano en la Universidad de Chile, Gabriela Mistral enseñó en muchas escuelas de bajo salario. La escritora nunca renunció a su función como docente; muchas de sus obras son de carácter pedagógico.

Tras su salida de Chile, país al que después regresaría muy pocas veces, comienza a ser invitada a distintos países entre los que se encontraban México en 1922, fue aquí mismo en la que colaboró en los planes de la reforma educacional, y en ese mismo año publicó Desolación, para 1924 sale Lectura para mujeres, que se publicó de igual manera en México.

Ese año estuvo lleno de viajes, en los que piso naciones como Estados Unidos, Italia, Suiza, España y Francia. Pese a nunca haberse casado, su deseo de madre se logró cuando acogió a su sobrino, Juan Manuel Godoy, hijo de uno de sus medios hermanos.

La vida de Gabriela Mistral llegó a su fin el 10 de enero de 1957 en un hospital localizado en la ciudad de Nueva York. El gobierno de Chile dispuso duelo nacional por tres días y pidió el traslado de sus restos a Montegrande.

3 poemas de Gabriela Mistral

  • Riqueza

Tengo la dicha fiel
y la dicha perdida:
la una como rosa,
la otra como espina.

De lo que me robaron
no fui desposeída:
tengo la dicha fiel
y la dicha perdida,

y estoy rica de púrpura
y de melancolía.
¡Ay, qué amante es la rosa
y qué amada la espina!

Como el doble contorno
de dos frutas mellizas,
tengo la dicha fiel
y la dicha perdida….

  • Amor, amor

Anda libre en el surco, bate el ala en el viento,
late vivo en el sol y se prende al pinar.
No te vale olvidarlo como al mal pensamiento:
¡lo tendrás que escuchar!

Habla lengua de bronce y habla lengua de ave,
ruegos tímidos, imperativos de amar.
No te vale ponerle gesto audaz, ceño grave:
¡lo tendrás que hospedar!

Gasta trazas de dueño; no le ablandan excusas.
Rasga vasos de flor, hiende el hondo glaciar.
No te vale decirle que albergarlo rehúsas:
¡lo tendrás que hospedar!

Tiene argucias sutiles en la réplica fina,
argumentos de sabio, pero en voz de mujer.
Ciencia humana te salva, menos ciencia divina:
¡le tendrás que creer!

Te echa venda de lino; tú la venda toleras;
te ofrece el brazo cálido, no le sabes huir.
Echa a andar, tú le sigues hechizada aunque vieras
¡que eso para en morir!

  • Apegado a mí

Velloncito de mi carne
que en mis entrañas tejí,
velloncito tembloroso,
¡duérmete apegado a mí!

La perdiz duerme en el trigo
escuchándola latir.
No te turbes por aliento,
¡duérmete apegado a mí!

Yo que todo lo he perdido
ahora tiemblo hasta al dormir.
No resbales de mi pecho,
¡duérmete apegado a mí!

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