¿Los concursos de belleza empoderan a las mujeres?

Los concursos de belleza son una forma de violencia simbólica, pues contribuyen con la cosificación de la mujer.

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Preparación para concurso de belleza
Foto: Pexels

Un grupo de mujeres sobre un escenario vistiendo trajes de baño, vestidos ajustados, perfectamente maquilladas, peinadas y con una sonrisa reluciente, es lo que se observa en los concursos de belleza.

Los concursos de belleza se defienden bajo el supuesto objetivo del empoderamiento femenino, el cual solo se acepta como tal cuando no incomoda al consumidor, cuando va en favor del sistema patriarcal y contribuye con la cosificación de la mujer.

¿Poner a competir mujeres es sororidad? ¿Colocarlas en un escenario para que los demás opinen sobre sus cuerpos, carisma o inteligencia es empoderamiento? ¿Celebrar que una mujer fue puesta como más bella que otras según estándares absurdos impuestos es algo que debería continuar existiendo?

Origen de los concursos de belleza actuales

En 1920, explica Tribuna Feminista, cuando el dueño del hotel Monticello, en Atlantic City, Estados Unidos, decidió reunir a un grupo de empresarios hombres para exponer una idea con la que buscaba extender la temporada de compras tras el Día del Trabajo, se le ocurrió hacer un concurso de 350 jóvenes “vírgenes y bonitas” en el que ellas compitieron por un premio, pues de ese modo el turismo aumentaría al igual que las ventas, lo que fue apoyado por sus compañeros y por los dueños de periódicos.

Esto se dio en medio del movimiento sufragista en Estados Unidos, cuando las mujeres buscaban la reivindicación de sus derechos, entre ellos el derecho al voto, y a quienes esta idea les pareció un modo de explotación de las mujeres, por lo que posteriormente fue cancelado, pero al llegar la Gran Depresión, la desesperación por restablecer sus ingresos trajo de vuelta al concurso llamado Miss América.

Ni en ese entonces ni ahora, el concurso fue vendido de otro modo que no fuera como una manera de empoderar a las mujeres, de exponer sus hazañas más que sus cuerpos o rostros y de crear conversación en torno a la figura femenina.

Sin embargo, en el pasado y ahora, no se trata más que de un producto de consumo, en el que las mujeres son lo que “se vende”, por decirlo de algún modo, y en el que refuerza la idea de que el cuerpo de una mujer es en lo que radica con más fuerza su importancia.

Además de ser una forma de violencia simbólica, los concursos reproducen estereotipos de belleza que dañan a la sociedad en general, al hacernos creer que esos son los únicos cuerpos o rostros bellos, haciendo de lado la diversidad y yendo en contra del discurso necesario del amor propio.

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